¿Por qué no participan los padres en los procesos educativos?

Con el paso de los años la escuela se ha venido convirtiendo en el organismo de socialización primaria para todos los individuos, asumiendo una responsabilidad que hacía parte de las competencias propias de cada familia. Esto se evidencia claramente en los contextos educativos en donde el maestro empieza a convertirse en el “padre” y/o “madre” que además de compartir diferentes conocimientos, establece unos lazos afectivos fuertes con sus estudiantes, supliendo la falta de reconocimiento que tienen muchos estudiantes al interior de su hogar.

Infortunadamente esta problemática es producto de la pobreza y la falta de educación de los padres, quienes en un alto porcentaje se convierten en reproductores de las dinámicas familiares y sociales bajo las cuales fueron criados en su niñez. Sumado a esto, cuando se buscan describir los factores que pueden influir para que los padres y madres no participen activamente en los procesos educativos de sus hijos, se encuentran aspectos como el temor que sienten muchos de acercarse a una institución que por el hecho de ser educativa,  se considera una transmisora de saberes absolutos e irrefutables, los cuales son desconocidos por la mayoría.  Igualmente no acuden a la escuela, porque ésta no es vista como un instrumento que se puede usar para aprender y crecer como personas. Otros no se involucran con la educación pues consideran que su presencia sobra, ya que para ellos es la escuela la única responsable del cuidado y educación de los hijos.

También están los que no participan por sentirse desmotivados con las dinámicas que maneja la institución o han creado relaciones conflictivas con algunos docentes; muchos otros no se hacen presentes porque ignoran cómo pueden colaborar con el proceso educativo de los hijos, o consideran que en su papel de padres ya tienen los conocimientos suficientes para educarlos y no necesitan aprender más. Así mismo, otros temen que al acercarse a la escuela lo único que van a recibir son regaños y quejas de sus pequeños, lo cual hace que se disminuyan sus niveles de motivación por entrar a hacer parte del contexto educativo. Y no faltan los que debido a sus limitaciones económicas, prefieren no interesarse en las actividades de la escuela para evitar un descuento en el salario mensual, por el hecho de faltar algunas horas a su trabajo, o los que no hacen parte porque en las empresas donde trabajan no aceptan con facilidad la solicitud de un permiso para ausentarse de la ocupación por un espacio de tiempo.

Todo estos aspectos son indicadores de la necesidad apremiante de iniciar procesos formativos con las familias al interior de las instituciones educativas, que de alguna manera permitan mostrarles la escuela como un espacio al que todos los seres humanos pueden acceder en cualquier momento de su vida para convertirse en mejores personas, y en el que se pueden compartir experiencias y vivencias que contribuyen a superar miedos, inseguridades y falta de conocimientos dentro de su quehacer como padres con el ánimo de mejorar su calidad de vida.

En la medida en que desde las instituciones se logren crear estrategias para el trabajo directo con los padres, se contribuye a que estos rompan imaginarios erróneos que tienen frente a la educación y sean más participes de los procesos adelantados con los estudiantes.

Por lo tanto, la escuela debe ser conciente de que en contextos con grandes limitaciones culturales y sociales, ella se constituye como el único instrumento que pueden utilizar todas las personas para mejorar como individuos, lo cual en últimas será una pequeña luz de esperanza para lograr el desarrollo de los pueblos.

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